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El Describidor

Bali, la ceremonia eterna

Un centenar de altivas mujeres desfila en procesión al borde de la carretera, portando sobre la cabeza elaboradas ofrendas florales y frutales de un metro de alto. Una fuerza superior parece mantener el precario equilibrio del cargamento, acaso la misma que impulsa a las peregrinas a ir como hipnotizadas al encuentro con los dioses que, dos veces por año, se encarnan en las imágenes del Templo de los Murciélagos en la isla de Bali.

Son tantos los fieles que se arriman a este recinto sagrado, que deben hacer cola para ingresar a la cueva del altar principal donde revolotean algunos murciélagos. El hinduismo en Bali se diferencia bastante del de la India: su ambiente es más colorido y alegre, y los templos están llenos de estandartes con imágenes de dragones y sombrillas ceremoniales rojas y amarillas. A las estatuas las visten con un pareo multicolor llamado sarong, el mismo que usan tanto los hombres como las mujeres en su vida cotidiana. En el interior del templo todos se arrodillan; las mujeres sostienen manojos de sahumerios, mientras los hombres lucen orgullosos sus sarongs y una gran flor roja sobre la oreja . Entonces aparece en escena la orquesta de gamelanes, esos xilofones metálicos que emiten frenéticas y disonantes armonías que van envolviendo el espíritu de los presentes. Casi al unísono, tres hombres entran en trance: con los ojos desorbitados se mueven como poseídos y deben ser sujetados entre varias personas para que no se golpeen. Esto significa que "el alma de un antepasado entró en sus cuerpos". Un sacerdote coloca brasas de cocos secos en el piso y enciende un pebetero de incienso que comienza a humear. Increíblemente, los hombres en trance pisan las brasas como si nada y son rodeados por las bailarinas. Al atardecer, cuando acaba la peregrinación, todos se dirigen a la playa en silencio, se arrodillan sobre la arena y depositan las ofrendas junto al mar.

Cuando desembarqué en el aeropuerto de Denpasar —capital de la isla—, aparecieron las primeras manifestaciones de la religión. El empleado de migraciones tenía junto a su PC un conito de hojas de banano conteniendo pétalos de flores y granos de arroz que sirven para agradar a las divinidades. A una hora de viaje desde el aeropuerto llegué con un jeep alquilado hasta las frondosas colinas que ocultan al pueblo de Ubud, centro artístico y cultural de Bali. Allí me alojé en la posada Wahyu, un grupo de sencillos bungalows alrededor de un jardín colmado de orquídeas donde retozaba en libertad un conejo blanco. En el jardín unos senderos se bifurcaban entre los árboles desembocando en una pagoda al lado de un estanque. Y cada noche desde la ventana de la habitación veía una sigilosa sombra que se acercaba a depositar algo frente a mi puerta: era el dueño del hotel, quien dejaba en el piso una ofrenda de pétalos e inciensos con una suave fragancia que protegía mi sueño de los malos espíritus.

La isla está surcada por caminos muy angostos. Las casas son espaciosas y bajas, y de hecho, la ley establece que ninguna puede superar la altura de una palmera. A veces cuesta distinguir una casa de un templo, ya que casi todas tienen palmeras y jardines floridos con santuarios o elevadas pagodas de múltiples techos romboidales. Además, cada dos cuadras suele haber un templo.

Algunas casas en las afueras de los pueblos parecen grandes mansiones tropicales. Y sin embargo no tienen agua corriente y la gente se baña dentro de los canales que pasan por la puerta. Cada atardecer, las mujeres se sumergen con el agua hasta la cintura y se bañan usando un jarro dorado mientras exhiben sus pechos con orgullo, como símbolo de la maternidad.

Cada calle, cada casa y cada metro de jardín de toda la isla, están escrupulosamente cuidados y adornados con flores, esculturas de piedra y murales. La religión rige cada acto de la vida balinesa. En cierta ocasión, mientras me bañaba en las aguas cristalinas de la playa de Sanur, me sorprendió una orquesta de gamelanes que se acercó en procesión hasta la orilla del mar. Era una familia que venía a despedir las cenizas de un familiar, esparciéndolas en el océano. Todos parecían disfrutar del evento con felicidad. El hijo mayor de la familia —que hablaba italiano—, me explicó que la concepción trágica de la muerte no existe para ellos. Por eso el fin de la vida no les preocupa, ya que creen que el tiempo es circular y las almas se reencarnan infinitamente en nuevos cuerpos. Los recién nacidos suelen ser llevados ante un adivino, quien les indica a los familiares cuál antepasado ha reencarnado en él.

El otro eje del hinduismo balinés es la creencia en el principio complementario entre el bien y el mal. La lucha entre ambas fuerzas es infinita y no es por cierto deseable acabar con el mal, pues su presencia es necesaria para que exista el bien. Si un nativo sufre de mala suerte, es sometido a ceremonias de purificación. Y quien tenga una racha larga de buena suerte deberá practicar ritos que invoquen el retorno de las fuerzas de la oscuridad: sin balance reinará el caos.

Todos los días hay festivales religiosos en varios de los incontables templos de la isla. No hace falta salir en su búsqueda; uno se los topa todo el tiempo. Durante el "odalan", que se celebra en los templos cada 210 días, se cree que los dioses vienen a morar en los santuarios por tres días. Cada balinés forma parte de la feligresía de seis templos y se pasan semanas abocados a las costosas decoraciones destinadas a agasajar la llegada de los dioses.

Los templos de Bali —"los puras" — son espacios a cielo abierto rodeados de muros color arcilla de un metro de alto construidos con corales. Estos templos sin techo permiten un mejor contacto con la naturaleza y los dioses, y poseen en su interior santuarios, jardines y palmeras. En la entrada se levantan portales triangulares y al fondo están los "merus", unas pagodas de madera con hasta doce techitos superpuestos hechos con fibra negra de caña de azúcar. Allí moran los dioses encarnados en pequeñas imágenes de oro y resulta curioso observar cómo la gente los alimenta y los baña. La decoración reboza de pequeñas estatuas de duendes y diablillos. Los "puras" son, básicamente, un escenario artístico destinado al deleite de los dioses.

La palabra arte no existe en el idioma balinés, dado que todos los nativos son artistas. Las distintas disciplinas se practican como un don natural para agasajar a los dioses. Cada cual se destaca en su especialidad: música, baile, escultura, pintura, decoración de templos, caligrafía... Y casi nunca firman las obras, como si se tratara de una creación colectiva.

No es casual entonces que Bali sea un paraíso de la artesanía. Hay pueblos enteros que se dedican a cada rubro: en el poblado de Celuk se especializan en joyas y adornos de oro y plata. Al pie del volcán sagrado Gunung Batur se encuentra el pueblo de Mas, donde todos los habitantes se consagran a tallar la piedra y la madera. La gente trabaja en la calle, junto a la puerta de su casa, y a veces le susurran unas palabras a su obra mientras la acarician como a un niño. Al igual que cualquier otro objeto, se considera que las piezas artísticas son poseedoras de un espíritu.

Es imposible visitar Bali y no oír su música. Esta suena por las calles, emana misteriosamente de las casas y templos, y ameniza la estancia en hoteles y restaurantes; siempre en vivo. Incluso existen una suerte de molinillos de viento en los jardines de muchas casas que martillean eternamente unos gamelanes. Hay 4 mil bandas musicales en la isla y cada pueblo tiene su conjunto de unos 50 músicos que suenan con la agudeza de una orquesta sinfónica. Todas las tardes los músicos del pueblo se juntan a tocar en el "banjar" (parador comunal), donde golpetean los metales y bambúes de los gamelanes con martillitos y utilizan sus manos para hacer tronar los gongs.

En el templo del Palacio Real de Ubud disfruté del baile Legong entre dioses de piedra, palmeras y orquídeas. La luna hacía brillar el bronce de los gamelanes al aire libre, donde permanecieron silenciosos hasta que los músicos arremetieron con violencia contra ellos. Una explosión caótica de notas generó una tensión ambiental que se apoderó de la escena. De inmediato aparecieron tres sensuales bailarinas con unos brillantes trajes tradicionales. Sus piernas permanecían casi estáticas, pero la movilidad de la parte superior del cuerpo era veloz y entrecortada. Se necesitan años de escuela para pulir los sutiles movimientos de brazos y manos que son la clave de este baile, junto con la gestualidad de la cara. Los rostros oscilan entre expresiones de un éxtasis de felicidad y miradas diabólicas con las pupilas moviéndose frenéticamente.

Mi último día en Bali coincidió con la noche anterior al "nyepi" (el año nuevo, que coincide con el calendario occidental). Para la ocasión tiene lugar en las calles de Bali un exorcismo general. Centenares de niños desfilan en medio de un gran alboroto, portando monstruosas máscaras de criaturas mitológicas, antorchas y gongs. Pero al día siguiente el ruido cesa y todos los habitantes guardan un silencio unánime por 24 horas. La gente no habla ni sale de sus casas, donde se mantienen sin comer ni beber y con los televisores apagados, sumidos en profundas meditaciones. La isla debe parecer desierta con la finalidad de embaucar a los oscuros dioses del mal, y lograr de esta forma que se retiren hacia otros mundos. Y efectivamente, en esta exótica y remota isla del Océano Indico —al menos en el momento en que yo viajé—, pareciera que el lado oscuro de la vida no tiene cabida, ni para los nativos ni para los viajeros, quienes se van con la extraña sensación de haber respirado unas bocanadas fugaces de la fragancia del paraíso.

Verónica Aldazabal, arqueóloga.
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