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El Describidor

La ruta del Takesi, desde el altiplano hasta los yungas

Dos días a pie por vías precolombinas y senderos centenarios son suficientes para pasar de montañas que rondan los 5.000 metros a la vegetación tropical próxima a la Amazonía.

Con la oscuridad, la laguna adquiría una imagen similar a la de una ciudad. Miles de luces centelleantes atraían a los caminantes, que decidían pasar la noche en la ladera cercana. Y es que eran también miles las estrellas que regalaban su reflejo nocturno a las turbulentas aguas de la gran laguna. Tal era la atracción que estas luces creaban en los viajeros y en los aldeanos, que muchos se sumergían en las profundidades del agua con la convicción de que realmente existía una enorme ciudad sumergida. Y cuenta la leyenda que muchos desaparecieron bajo este hechizo.

Las autoridades de las comunidades vecinas, alteradas por tan inusuales hechos, decidieron llamar a un sacerdote aymara para deshacer el encanto. Y los lugareños aseguran que, durante la ceremonia, el cielo pareció apagarse, las nubes se abrieron y la vegetación se hizo pequeña, hasta casi desaparecer. Después de algunos minutos invocando a los dioses de las montañas, las aguas comenzaron a moverse en violentas oleadas. Y, como de la nada, desde el fondo de la laguna, salieron un toro color ocre y un cóndor, que se alejó con un vuelo rápido y ágil.

Desde entonces, sostienen los ancianos, nunca ha vuelto a desaparecer nadie más engullido por la laguna Loroquiri —vocablo aymara que significa ´fogón del ave´—, que se encuentra a 4.550 metros de altura, entre varios cerros de diferentes alturas y un marrón intenso. Antes de llegar a este punto encantado de la ruta del Takesi, ya se han recorrido unos 3.300 metros.

Calzada precolombina

Este camino, de unos 70 kilómetros y que antaño era la vía central de unión del altiplano con los Yungas, se remonta a la época Tiwanakota, aunque fue muy usado por los incas para el intercambio de productos. Por él se trasladaban productos como papa, grano de trigo, carne seca o queso a la zona tropical; y variedades de frutas, grano de café o coca justamente en sentido inverso.

Hace un tiempo, para evitar su completo deterioro, la Dirección Nacional de Arqueología se dedicó a su rehabilitación. ´Pero desde hace 25 años no se ha vuelto a rehabilitar. La erosión está empezando a cubrir la calzada, sobre todo desde Choquecota hasta La Cumbre. Por suerte, de La Cumbre hasta Takesi la calzada todavía se mantiene intacta. La gente de Takesi y de las poblaciones de los Yungas hace el mantenimiento con sus propios medios, explica Primitivo Quispe, un guía local de la comunidad de Kakapi que conoce cada uno de los detalles y rincones del camino.

´La palabra aymara Takesi significa sufrir, y denota lo difícil que es recorrer esta vía´, explica Primitivo ante la cara de agotamiento de los caminantes. Aunque quizá uno no se da cuenta de ello por las múltiples bellezas que asaltan al viajero en forma de impresionantes cascadas y de exuberante vegetación.

En el trayecto, además, se pueden observar las pavimentaciones precolombinas, que son de las mejor conservadas en la actualidad. Y a los escalones y calzadas de piedra se unen sistemas de drenaje y muros de retención, entre otras cosas.

Una ofrenda obligada

La ruta más recorrida por los turistas, de unos 40 kilómetros, es la que va desde la mina San Francisco hasta Pongopampa, en la que uno se demora aproximadamente nueve horas, aunque los caminantes emplean dos días en recorrerla.

El camino comienza en un valle alto del altiplano y sube hasta una apacheta que marca el paso hacia los 4.650 metros, desde donde hay una magnífica vista del nevado Mururata. Allá, Primitivo elabora una ofrenda a los dioses de las montañas y a la Pachamama. Todos los caminantes queman tres hojas de coca en la hoguera. Mientras, dos aves engalanan la escena.

´A estos pájaros se les llama 'milagro María'. Cuando se ve alguno, quiere decir que no va a haber problemas´, dice seguro Primitivo mirando al cielo. Y los caminantes suspiran aliviados. Cuentan con todas las señales positivas para seguir.

A continuación, comienza el descenso hacia los Yungas, en el que la vegetación va cambiando poco a poco. Primero, con la introducción de hierbas y arbustos que crecen gradualmente hasta convertirse en un denso bosque de nubes. Luego, con la llegada de casi una selva tropical, bajo la mina Chojlla.

Precisamente, desde esa zona, cuando el día está nublado, pueden observarse dos rocas con forma de una persona con el brazo levantado protegiéndose del sol. La tradición oral local sostiene que se trata de seres gigantes que en la antigüedad vivían en refugios en la más completa oscuridad. Según se cuenta, quedaron petrificados para siempre cuando por un descuido, al amanecer, se dejaron fulminar por los primeros rayos.

La magia de las comunidades

Pero el encanto del Takesi no esta tejido sólo por historias increíbles y una vegetación espesa, pues otro de sus principales atractivos son sus comunidades, para las que pareciera que no pasara el tiempo.

Se trata de humildes poblaciones —a veces habitadas nada más que por tres familias— con casas de piedra y sus techumbres de paja.

Una de ellas, la comunidad Takesi, da nombre al camino, con su ropa tendida en cualquier lado, humo saliendo por las chimeneas y el murmullo de los niños confundiéndose con el de un río cercano.

Otra es Kakapi, donde un albergue ofrece reposo a los viajeros tras la primera larga jornada de caminata. Allá, Primitivo Quispe los revitaliza con una jugosísima carne de res antes de la hora de acostarse.

Con las primeras luces del alba, Primitivo y otros dos hombres deciden despertar a los viajeros con el ritmo de sus instrumentos. Así, una melodía folklórica pone la banda sonora al amanecer en Kakapi, que es una auténtica revolución para los sentidos: la ladera va tiñéndose de verde, los sonidos de los insectos se hacen más sonoros y el olor a hierba fresca contagia a los caminantes las ganas de seguir con la ruta iniciada un día antes.

Pensando en el futuro

Ya faltan pocas horas hasta la mina Chojlla, donde finalizará la caminata, y los lugareños despiden animados a los curiosos visitantes. No es de extrañar, pues la implementación paulatina de los circuitos turísticos permitirá frenar el éxodo de los jóvenes a las ciudades.

En este sentido, además, Yungas ofrece un sinfín de potencialidades, lo que pasa es que de momento están siendo desaprovechadas por los habitantes de sus poblaciones.

Con todo, para cambiar esta situación, lleva trabajando en la región desde hace ya un tiempo la Fundación Pueblo, una institución privada de desarrollo social, sin ánimo de lucro, cuyo objetivo es contribuir a mejorar las condiciones de vida de los habitantes de esta zona.

Para ello, hace de enlace entre los visitantes potenciales, que radican o están de paso por La Paz, y las distintas comunidades rurales, facilitando un intercambio que apunta hacia el turismo sostenible.

Las ayudas, asimismo, se materializan en infraestructuras, con la construcción de albergues y puentes de acceso, mejoramiento de servicios, concienciación de los campesinos y talleres en materia de organización microempresarial.

Primitivo Quispe, quien se beneficia del programa de la Fundación Pueblo, lleva así dos años saliendo varias veces a la semana con los turistas nacionales y extranjeros por los caminos que son su tierra. Y siempre les demuestra que, pese a lo duro del trayecto y el dolor de cabeza, merece la pena echarse la mochila al hombro y entregarse por unas cuantas horas al placer de conocer la historia de estos eternos y caprichosos senderos de piedra.

En resumen, es como si se abrieran las páginas de un libro de cuentos para que uno sea protagonista.

Inés Ruíz del Árbol, La Razon
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