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El Describidor

Cuatro Ojos, el único puerto cruceño... y olvidado.

Aunque nadie lo crea, el Piraí es navegable. se unía con el río grande, pero una crecida desplazó el curso 80 kilómetros y el piraí se dispersó en bañados. con el fin del auge de la goma, cuatro ojos perdió importancia. Ésta es la historia de un puerto que se quedó sin agua y sin negocio, y de los sangrientos encuentros con los nativos yuquis y sirionós

Sería una apuesta fácil de ganar: pregunte a sus amigos si el Piraí es navegable. Si tienen 20 años de edad, le dirán que no. Si tienen 30 o quizá 40, también. Un amigo que pase de las cinco décadas tal vez sepa que hace más de 70 años Santa Cruz tuvo un puerto fluvial. Este reportaje cuenta algo de la increíble historia del único puerto cruceño, fundado por los jesuitas y pensado para conectar las misiones de Santa Rosa y Buenavista con las de Mojos.

Es cierto que también estuvo el puerto de Paila, que ofrecía un caudal más constante, pero no es errado suponer que ambos se usaron según la conveniencia y las crecidas. Fue precisamente la crecida registrada en 1825 la que llevó a las aguas del Río Grande a encontrarse con el Piraí. Paila, inutilizado como puerto, cedió a Cuatro Ojos la función de conectar con Mojos.

Sin embargo, en 1840 nuevamente se separaron el Piraí y el Río Grande. La vía de navegación Cuatro Ojos-Los Limos, que empalmaba con el río Grande y de ahí al Mamoré, quedó interrumpida. Los ganaderos, quineros y comerciantes debían viajar por tierra hasta Mojos. Algunos exploradores (Miguel Suárez Arana, Romualdo Aguirre, Antonio L. Velasco) encontraron que desde el punto llamado Cuatro Ojos se podía navegar.

Parece sencillo llegar hasta el lugar. Desde la capital se recorren Warnes, Montero, Saavedra, Minero, Chané, Aguaíses, Sagrado Corazón y San Pedro, que está a unos 135 kilómetros. Se trata de la ruta soyera que, aunque asfaltada en gran parte, es peligrosa. El tramo final hasta San Pedro está cubierto de un polvo finísimo que se convierte en bruma espesa al primer estornudo. Un camión con 30.000 o más kilos de carga transforma el recorrido en una lenta tormenta de polvo que bloquea totalmente la visibilidad. A lo sumo se puede ver a un metro, lo que obliga -en pleno día- a encender las luces. El tráfico de los monstruos de 18 y 36 ruedas parece no detenerse nunca.

Los viajeros que hace ocho décadas debían embarcarse, seguían una ruta diferente a la de los camiones. Pasaban a ritmo de buey cerca del río Asubicito, luego Santa Rosa del Sara, Palometas y Asubí Grande. Sesenta kilómetros de selva debían atravesar los carretoneros. Cada jornada terminaba con el misterioso canto del guajojó, que aún se oye cerca del río Palacio, que va a sumar su riqueza de peces al ya cargado Piraí a varios kilómetros de Cuatro Ojos.

Durante las primeras décadas de la era republicana se formó el pueblo. Hacia finales del siglo XIX o comienzos del XX, llegó un francés de ascendencia suiza e italiana: José Sciaroni Conil. Este francés vio el mayor esplendor del puerto. Tenía 2.500 habitantes, cuatro tiendas comerciales, oficina de telégrafo y correo. Por supuesto, se construían batelones (barcazas de regular tamaño) y lanchas. Los productos de Santa Cruz llegaban hasta Mojos y terminaban en las barracas donde los sueños de los siringueros se apelmazaban como la hevea brasiliensis que explotaban. Arroz, charque, maíz y azúcar llegaban hasta esas remotas regiones. Antes de Sciaroni, se lo conocía como Puerto de los Collas, porque vivía por la zona un señor Mostajo, a quien el francés compró una parcela, animado por Nicolás Suárez, el magnate de la goma, a quien había conocido en Argentina. El amor de Carmen Durán Medina, con quien tuvo nueve hijas y un hijo, lo arraigó para siempre en las tierras que domina el inconstante Piraí.

Carlos Cirbián recreó el aspecto del puerto. Así investigó que los comerciantes cruceños iban hasta Belém do Pará, en Brasil, ya en el siglo XVIII, llevando sorgo, aceite de copaibo, cuero y pieles. Regresaban con especias y otros productos de ultramar. Eran conocidos los vapores como La Estrella del Oriente, de Barriga y Compañía, y el vapor Guapay, de la casa Zeller y Mozer. "En 1899, algunos periódicos anunciaban que ya no había despachos, porque los almacenes de Cuatro Ojos estaban llenos", cuenta el pintor. El hecho de que ahí se asentase una Capitanía de Puerto indica la importancia de este punto comercial. Por ahí llegaron las máquinas de Luz y Fuerza y uno de los primeros vehículos que circuló en Santa Cruz de la Sierra.

DECLINACIÓN DEL PUERTO

En 1912 el negocio de la goma se acabó. La planta crecía en la lejana Malasia -por entonces colonia británica-, África y Ceilán. Bolivia, Brasil, Perú, Ecuador y Colombia no pudieron competir con esa producción, más barata y accesible. Lo paradójico del caso es que las semillas fueron llevadas ilegalmente de la misma Amazonia. El pequeño puerto de Cuatro Ojos dejó de ser útil. Poco a poco, las tiendas fueron cerrando y quienes se instalaron en la zona buscaron mejores ubicaciones. Era raro ver navegando a las lanchas que antes surcaban frenéticas las aguas con su carga de azúcar, charque y provisiones.

Pero la naturaleza se encargaría de dar el golpe de gracia a Cuatro Ojos. Lo recuerda Pepe Sciaroni, el único varón de los diez vástagos del francés José Sciaroni. Pepe Sciaroni -que también se llama José- vive en Santa Cruz. Es un lúcido octogenario que en 1929 tenía seis años de edad. Esa fecha es importante, porque una crecida del Río Grande depositó sus sedimentos en Los Limos, lugar con numerosos bajíos cambiantes. El Piraí, al llegar al lugar con la fuerza de las lluvias primaverales, no tuvo por dónde desembocar en su ’hermano mayor’, como lo llama Hernando Sanabria. El río, según explica el director del Searpi, Walter Noe Angus, ya no tiene un cauce definido que desemboque en el Río Grande. "El cauce se divide, y por eso la sedimentación ha subido", explica.

Aunque perdió su importancia comercial, la leyenda siguió rodeando al lugar. Pepe Sciaroni, que nació en Cuatro Ojos, no tenía intenciones de abandonar su tierra ni su río. Su padre murió en 1945 y nunca abandonó el puerto. Para él bastaban La Ilustración Francesa, revista a la que estaba suscrito, y Caras y Caretas. Además, tenía que responder la correspondencia, porque cada dos días llegaba una carta relacionada con los negocios. Así, Pepe Sciaroni Durán continuó el trabajo agrícola. Ya sabía lo que era navegar, y desde 1943 ya llevaba su producción de azúcar y café hasta Trinidad. El transporte de los productos de las casas Zeller, Elsner y de Paz Hermanos también era su responsabilidad.

Pepe Sciaroni vivió 43 años en el lugar, es decir, hasta hace menos de un par de décadas. Sembraba café, chocolate y caña. El pescado era y aún es abundante. "Tenía 30 hectáreas de café y vendí una cosecha para empezar a fabricar azúcar granulada. Hacía queso todos los días y vendía a San Pedro. Tenía 600 cabezas de ganado", cuenta. Cuatro Ojos tenía un teléfono que don Pepe atendía; fue también corregidor.

EL LIBRO QUE TRAÍA NIÑOS AL MUNDO

Seis son los hijos de Pepe Sciaroni. El Consejero Médico del Hogar, editado en 1939, era el libro que consultaba con Jenny Cuéllar Limpias, su esposa. Alguna vez oyeron a los jaguares, y desaparecían chanchos y ganado que el poderoso ’pintado’ se llevaba. Aún hoy, al navegar por el Piraí, se ven las huellas y se oye el rugido poderoso de un jaguar de casi tres años, al que están habituados los trabajadores de la propiedad de Alfredo Soria, ubicada a media hora en canoa desde Cuatro Ojos.

Ni siquiera los yuquis fueron una amenaza seria para esta familia. Sin embargo, uno de los misioneros evangelistas que entró al lugar cerca de 1960 tuvo la mala suerte de romper una de las flechas de los aborígenes, conocidos como ’bárbaros’. Uno de ellos les gritó en castellano: "Váyanse. No queremos contacto con ustedes". Los misioneros tuvieron que salir.

Dos científicos alemanes que llegaron al sitio en la década del 20 se aventuraron sin preguntar mucho. En lugar de pernoctar en la margen derecha del río, lo hicieron en la orilla dominada por los sirionó, otra etnia que vivía en el lugar. El viejo estudioso, según contó Elena Velasco viuda de Ibáñez, lloraba cuando lo conducían, capturado, junto al más joven de los expedicionarios. Nunca más se supo de ellos. El joven fue nombrado cacique, lo que explicaría la siguiente historia.

Los ’bárbaros’ robaron utensilios de cocina, un gallo y una gallina. Poco después, los mozos que trabajaban en la hacienda encontraron a un grupo y ’cazaron’ a dos mujeres sirionó. Las mataron y se llevaron a sus hijos, que después fueron vendidos. Según cuenta Pepe Sciaroni, es posible que uno de esos pequeños esté trabajando ahora, ya grande, como mecánico en las inmediaciones del mercado Mutualista.

Como venganza, los nativos pusieron trampas con puntas de flecha llenas del fatal curare. Nadie cayó en ellas, pero cuando un mozo de los evangelistas fue a sacar plátano, oyó un silbido. Vio un hombre blanco de brazos cruzados y a otro pintado de negro, listo para la batalla. Un flechazo acabó con la vida del mozo. Se cree que el hombre blanco pudo ser, si no el alemán que capturaron, uno de los Ibáñez de la zona, que se convirtió en ‘bárbaro’.

En otra ocasión, otros pobladores del lugar atacaron a los sirionó y vieron a un cacique de barba, que llevaba a un pequeño que tenía rasgos europeos. En ese mismo enfrentamiento, capturaron a tres nativas. Una de ellas bailaba un ritmo parecido al vals. Poco tiempo después, la mayor de las mujeres ahorcó a las más jóvenes. Se cree que eran mujeres del cacique, y que las dos infortunadas fueron víctimas de los celos de la mayor.

Es conocida también la historia de una mujer blanca que fue llevada cautiva por los guerreros sirionó en 1915. Cuando la encontraron, cinco años después, tenía tres hijos.

La casa grande construida por el primer Sciaroni tuvo que ser abandonada. Parte de los materiales fueron empleados por Pepe Sciaroni para construir, en la orilla opuesta, una nueva vivienda. Las inundaciones fueron cubriéndola poco a poco, hasta que tuvieron que salir y afincarse en Santa Cruz. Pepe Sciaroni afirma que los árboles talados por los campesinos migrantes formaron una masa compacta que aumentó las inundaciones.

Es imposible habilitar el puerto; no porque el río se ha movido más de 300 metros del lugar original, sino porque no hay una desembocadura única al Río Grande. Hace pocos años, la armada norteamericana y el Searpi estudiaron la posibilidad de habilitar el río Yapacaní como puerto de navegación. Se usaría el ferrocarril que ha quedado inutilizado entre Santa Rosa y Yapacaní. Una terminal intermodal permitiría trasladar la carga a las barcazas, que viajarían por el Yapacaní hasta el Mamoré. Los estudios de carga de sedimentos y dragado no fueron concluidos, por lo tanto, Santa Cruz quedará, por ahora, con la aspiración de tener un puerto cercano para exportar hasta la producción de la brasileña Rondonia. Mientras tanto, ahi queda, nuevamente recordada, la historia.

Javier Méndez Vedia
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