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El Describidor

¡Qué solos se quedan los muertos!

El escritor Ramón Rocha Monroy presenta en Sucre su nueva obra sobre Antonio José de Sucre. Se trata de una novela entre la ficción y la realidad que narra la vida del Mariscal de Ayacucho

Sucre y La Casa de la Libertad, sin duda son los lugares más adecuados que escogió el escritor Ramón Rocha Monroy para presentar su nueva novela ¡Qué solos se quedan los muertos!, mitad ficción, mitad historia sobre la vida de Antonio José de Sucre, el héroe de Ayacucho.

El libro acaba de salir de los talleres de la editorial El País en Santa Cruz y el público chuquisaqueño será el primero en conocerlo este miércoles 8 de noviembre a las 19:00.

El escritor, nacido en Cochabamba en 1950, suma su literatura con esta obra a las ya publicadas "El run run de la calavera" (premio Guttentag 1983), "El padrino" (1978), "Ando volando bajo" (premio Guttentag 1996), "La casilla vacía" (Alfaguara 1997), “Ladies Night” y “Potosí 1600” (Premio Nacional de Novela Alfaguara). Además ha escrito un libro de cuentos: "Alla lejos" y un ensayo "Por la liberación de la pedagogía nacional" (1975).

Rocha Monroy ha ejercido cargos diplomáticos, fue viceministro de cultura, se ha dedicado por más de dos décadas al periodismo escrito, en el que mantiene una columna firmada con el seudónimo "Ojo de vidrio".

La obra, según el autor, echa luces reveladoras sobre la entrevista de Guayaquil entre Bolívar y San Martín, las críticas de Sucre a Andrés de Santa Cruz, que incubaron una profunda enemistad. Además de los entretelones de la fundación y el gobierno de Bolivia, y la historia de amor con Manuela Rojas, que permitió el nacimiento de Pedro César, el hijo boliviano del héroe de Ayacucho.

Una feliz casualidad propició que quién escribe esta nota encontrará, en Santa Cruz, al también conocido como “el ojo de vidrio” en el marco de un encuentro de escritores realizado hace unos días en esa ciudad oriental.

Precisamente el autor de “Potosí 1600” instruía los últimos detalles de la publicación de novela.

Así nació esta entrevista, realizada en la ciudad de Santa Cruz, que anuncia la presentación de un libro en Sucre y que fue redactada en Cochabamba.

Los Tiempos.- Qué aspectos de Antonio José de Sucre le conmovieron como para emprender la escritura de una novela sobre su vida.

Ramón Rocha Monroy.- La verdad es que después de la lectura de las Cartas de Sucre, publicadas por la Fundación Vicente Lecuona de Venezuela y alguna que otra biografía, me sorprendió un dato inicial: que durante 70 años su cadáver (sus huesos) había estado oculto en el altar mayor de la iglesia del Carmen de Quito, por el excesivo celo de su viuda, doña Mariana Carcelén. Pero también porque Sucre era peligroso tanto vivo como muerto, como el Cid, como el Che, como Marcelo Quiroga Santa Cruz.

Además, debo decir que esta investigación de la vida de Sucre ha sido toda una experiencia mística, por la personalidad extraordinariamente humana de Sucre.

Como nunca, antes de iniciar la redacción de la obra realicé una ceremonia especial prendiéndole una vela a su retrato, literalmente para convocarlo, para que me ayude a avanzar en la reconstrucción de su vida.

La novela se constituye en una reflexión sobre la muerte, es decir, me ha servido para preguntarme lo que se han preguntado muchos filósofos en su momento ¿Qué ocurre después de la muerte?, dormir, dormir o tal vez soñar.

LT.- En qué momento de la vida de Sucre hace énfasis su novela.

RRM.- Sucre vivió el año más aciago de toda la historia de Latinoamérica en 1830. Cuando se derrumbó el sueño de Simón Bolívar de construir la Gran Colombia. Año en que empiezan a enfrentarse las provincias de la Gran República que había soñado el libertador.

Ese año también es asesinado el héroe de Ayacucho, yo creo que con tantos problemas en realidad nunca descansó en paz, de modo que esos huesos frente al altar mayor de la iglesia de Quito, estaban calcinados por sus propios deseos y sueños insatisfechos.

LT.- Sobre sus personajes, ¿estos son militares, familiares, amigos del Mariscal, quién cuenta la historia?

RRM.- Toda la dramaturgia de la novela gira en torno a Sucre, su viuda y su asistente. Se trata de una novela conjetural, pues interviene un personaje que tiene un nombre muy curioso: se llama “Uno”, en sentido que en el desarrollo de la novela se dice “uno supone”, “uno se atrevería” o como el tango “uno busca lleno de esperanzas”.

Entonces este Uno va haciendo conjeturas. Por ejemplo Uno dice “esos huesos calcinados estarían pensando…”.

Y todos los pensamientos de rencor y venganza le ocurren a Sucre después de su muerte en la novela

LT.- Qué tanto de realidad y qué de ficción tiene su novela?

RRM.- Digamos que todo los que tiene que ver con su muerte tiene que ser necesariamente ficción. Ahora los datos históricos presentes en la novela son auténticos, han sido extraídos de sus cartas. Esa es la parte dramatizada de la obra, pero que me ha parecido muy interesante. Y el personaje del asistente está en la obra como fuente de información.

En la parte histórica se va reconstruyendo el asesinato, los juicios y con la mirada hacia atrás hasta llegar al primer síntoma de que el proyecto se derrumbaba.

Como un anuncio de lo que iba a venir, el 18 de abril de 1828 Sucre sufre un atentado en la ciudad de Chuquisaca, donde le hieren en su brazo derecho. Pero resulta que ese no fue el primer anuncio y fue seguido por varias señales de alarma de que la conspiración venía desde Lima y Buenos Aires. Sorda y silenciosa terminaría con la invasión de Gamarra que precipitó la captura y renuncia de Sucre, aunque él ya tenía la intención de irse.

LT.- Y sobre su vida privada y los amores de Sucre, ¿puede adelantarnos algo?

RRM.- También están presentes, pero mitad historia y mitad ficción. Por ejemplo sus amores con Manuela Rojas. Los detalles de esta relación he tenido que imaginarme porque no existen datos ni hay testimonios de los amores de Sucre. Pero sí me sirvió mucho una investigación genealógica de Elvira Silveti.

Esta Manuela Rojas era hija del guerrillero tarijeño Manuel Rojas, quien combatió junto a su hermano Ramón con Belgrano y de Eustaquio Méndez, guerrilleros heroicos que ahora son honrados en Tarija.

Dos de sus hijas María Salomé y Manuela vivían en Chuquisaca. Según el estudio de la señora Silveti, Manuela fue presentada a Sucre por Casimiro Olañeta.

Me atrevo a decir que Olañeta tenía alguna intención con esta dama porque al parecer una razón para la tremenda aversión que le tenía a Sucre tiene que ver con un problema de celos.

Esta dama también es interesante porque declaró que tuvo ochos hijos pero de padres diferentes. Tenía una personalidad intensa e independiente en una época nada propicia.

Doña Manuela tuvo una gran descendencia que se dispersó por varias ciudades de Bolivia, y precisamente en Cochabamba la familia de don Jorge Rojas Tardío desciende de ella.

SINOPSIS

Tres voces cuentan la historia

La dramaturgia de la obra consiste en el monólogo incesante de la viuda de Antonio José de Sucre, las palabras del asistente y el silencio de esa alma que quizá está conjeturando de acuerdo a las noticias que recibe sobre cómo la enviaron a la otra vida. La historia se remonta y remonta, entonces, hasta llegar a los síntomas más remotos de la caída, en especial el motín del 18 de abril de 1828 en Chuquisaca, donde lo hirieron a Sucre en el brazo. A partir de allí, Sucre inicia una cabalgata final hacia la muerte que culminará en Berruecos.

Pero paralelamente los tres involucrados, la viuda, el asistente y Antonio José, se encuentran finalmente cuando los tres ya son almas, y entonces vuelven a la Casa Azul y hurgan los archivos de Sucre, y abren las petacas y sacan los viejos trajes y danzan y cuentan historias, reproducen voces y episodios del tiempo heroico, del gobierno de Bolivia, del reencuentro amoroso en Quito... hasta que se disipan. O sea que todo lo histórico es visto a través de la óptica de esas tres almas.

Pocos recuerdan que el cadáver de Antonio José de Sucre permaneció oculto durante setenta años en la Iglesia del Carmen Bajo, en Quito. Esta circunstancia convierte el asesinato de Antonio José en algo más que un episodio capital de su vida, pues un alma tan entregada al sueño de Bolívar quizá no pudo jamás descansar en paz luego del golpe artero que sufrió en la sombría cuesta de La Jacoba o Quebrada de Berruecos en 1830.

Michel Zelada Cabrera
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