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El Describidor

Samaipata, un ascenso al fuerte incaico...

Comencé el ascenso acompañado por las piedras
y el musgo y el ruido del agua y el canto de los pájaros.
Arriba, a lo lejos, la meta en forma de ruina misteriosa
me espera...

El esfuerzo y el ansia se vieron coronados.
Viento, pinos, soledad, un valle en lontananza.
Me siento al borde del abismo y miro al tiempo
mientras la piedra milenaria canta su historia,
haciendo vibrar al silencio con marciales llamados
de bronces misteriosos y crujir de espadas,
de voces anónimas llamando a la batalla....

Es un momento único, no estoy solo, la historia me acompaña.
Mi mente crea evocaciones telúricas de encuentros victoriosos
y sangre borboteante, y gritos de dolor, furia y victoria,
de entrechocar de armas.

Presente y pasado unidos en una sola imagen de guerra, de ritos,
de seres en conflicto, de violencia sin motivos,
en una tarde tranquila de verano en que conquisté la altura
y vencí al miedo de escalar la montaña sagrada.

La piedra, esculpida por la mano del hombre y por el viento
me entrega su respaldo a mi cansado ascenso,
y me cuenta de historias de vasallos y jefes y lanzas
y cuerpos esparcidos por la ladera gruesa y pétrea al borde del abismo....

No me habla de formas, no me dice de cambios producidos
por el brazo del hombre
ni ideas atrapadas en sus significados;
no, me habla de estertores y batallas
y trompetas y lanzas y sueños caidos en desgracia.
Me habla de guerra, de violencia.
De alguien pujando por vencer y de alguien vencido....

Me habla del dolor de una raza, me pide que la mire como era
cuando el orgullo la esculpió y guardó en las alturas
en espera de que otros, como yo, descubriéramos su dolor
y hurgáramos su pena.

Me implora que les diga que no es piedra esculpida
sino lágrimas pétreas de una estirpe vencida.

Carlos M. Duarte M., agosto 2005
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